Refugiarse a la Intemperie
Un jardín, una cueva y un cobertizo, tres interiores expuestos
DOI:
https://doi.org/10.64197/REIA.27.1022Palabras clave:
proceso, intemperie, espera, refugio, lentitud, paisaje, materia, habitar, tiempo, continuidadResumen
Construir no para cerrar, sino para dejar que el tiempo, el aire y la vida atraviesen la obra. Este artículo reflexiona sobre una arquitectura abierta a su entorno y atenta a su devenir: una arquitectura que se ofrece como refugio sin interior, que no se protege del exterior sino que lo incorpora, reconociendo en el proceso su verdadera materia.
Las obras del arquitecto Arturo Franco que aquí se recorren —un jardín, una cueva y un cobertizo— no buscan concluirse, sino mantenerse en equilibrio con lo que las afecta: el clima, los cuerpos, la naturaleza, las manos. Son lugares donde las cosas aún están ocurriendo.
Refugiarse a la intemperie no significa quedarse desprotegido frente al mundo, sino aceptar que construir es convivir con él. En esa tensión —entre el abrigo y el desamparo, entre lo que se levanta y lo que se deja estar— se despliega una forma de trabajo, una ética del proceso. Cuando se proyecta con la intemperie, la arquitectura se convierte en refugio: no el que protege del exterior, sino el que permite permanecer dentro de él.
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Derechos de autor 2026 BELEN RAMOS JIMÉNEZ, ARTURO FRANCO DÍAZ

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